dignidad, matizando su política pro seguridad, atemperando su tirante relación con los movimientos sociales y, sobre todo, haciéndose a un lado del proceso electoral para garantizar unas elecciones limpias.
A partir de la noche del domingo pasado, el protagonismo presidencial irá disminuyendo en la opinión pública. Esto no quiere decir que su poder, influencia y capacidad de decisión disminuyan. Pero tendrá que decidir de qué manera lo administra y cuál será el papel que desempeñé en los últimos y trascendentales meses que le quedan al frente.
A los candidatos presidenciales, a los partidos, a las instituciones públicas, al poder legislativo, al IFE, a los medios de comunicación y empresarios les queda el arduo trabajo de recuperar la credibilidad, la gobernabilidad y la institucionalidad del Estado y la democracia mexicanos. Es una tarea ardua y complicada, pero sobre todo impostergable.
El país necesita una reconciliación política y social. En estos momentos, el sentimiento más generalizado del simpatizante de cualquier partido o candidato hacia sus adversarios es de desprecio y desconfianza. Los sindicatos, movimientos sociales y ciudadanos han sido reiteradamente lastimados, usados o ignorados. Las estadísticas de ciudadanos, activistas sociales y periodistas asesinados, desaparecidos y agredidos son inaceptables para nuestro país. En otro sector de simpatizantes de partidos o candidatos impera el temor o el revanchismo político. Tenemos incluso un rango de ciudadanos que consideran no votar o anular su voto.
El elector se enfrenta a una elección con tres candidatos, uno de papel que, si bien hasta este momento tiene la mayor preferencia electoral, cosa que no deja de ser asombrosa, se enfrenta a dos candidatos reales ante los que probablemente sucumbirá, dispuestos a competir y con el ánimo de obtener el triunfo. Es un enigma que el PRI haya presentado un candidato vacío y sin contenido a la elección, que solo podrá ganar si el dinero y la mercadotecnia explotan adecuadamente el hartazgo hacia el PAN y la desconfianza hacia López Obrador.
Pero más allá de la disputa por el poder y de las revanchas políticas, la clase política mexicana en su conjunto tiene que superar el enorme desprestigio que ha acumulado durante los pasados doce años y dialogar de frente con la sociedad, sin demagogia, sin afanes propagandistas.
Lo que la elección del 2012 ofrece es la posibilidad de una renovación de la política nacional, o la afirmación del cinismo, la desesperanza y la impunidad en tonos que nos parecerían imposibles incluso en el México de López Portillo o Miguel de la Madrid.
