Por Christian Zúñiga
Con la designación de Josefina Vázquez Mota como candidata presidencial del PAN termina formalmente el mandato de Felipe Calderón. Así, el presidente tiene, en los meses que le restan al frente de la nación, la oportunidad de entregar la banda presidencial con
dignidad, matizando su política pro seguridad, atemperando su tirante relación con los movimientos sociales y, sobre todo, haciéndose a un lado del proceso electoral para garantizar unas elecciones limpias.
A partir de la noche del domingo pasado, el protagonismo presidencial irá disminuyendo en la opinión pública. Esto no quiere decir que su poder, influencia y capacidad de decisión disminuyan. Pero tendrá que decidir de qué manera lo administra y cuál será el papel que desempeñé en los últimos y trascendentales meses que le quedan al frente.
A los candidatos presidenciales, a los partidos, a las instituciones públicas, al poder legislativo, al IFE, a los medios de comunicación y empresarios les queda el arduo trabajo de recuperar la credibilidad, la gobernabilidad y la institucionalidad del Estado y la democracia mexicanos. Es una tarea ardua y complicada, pero sobre todo impostergable.
El país necesita una reconciliación política y social. En estos momentos, el sentimiento más generalizado del simpatizante de cualquier partido o candidato hacia sus adversarios es de desprecio y desconfianza. Los sindicatos, movimientos sociales y ciudadanos han sido reiteradamente lastimados, usados o ignorados. Las estadísticas de ciudadanos, activistas sociales y periodistas asesinados, desaparecidos y agredidos son inaceptables para nuestro país. En otro sector de simpatizantes de partidos o candidatos impera el temor o el revanchismo político. Tenemos incluso un rango de ciudadanos que consideran no votar o anular su voto.
El elector se enfrenta a una elección con tres candidatos, uno de papel que, si bien hasta este momento tiene la mayor preferencia electoral, cosa que no deja de ser asombrosa, se enfrenta a dos candidatos reales ante los que probablemente sucumbirá, dispuestos a competir y con el ánimo de obtener el triunfo. Es un enigma que el PRI haya presentado un candidato vacío y sin contenido a la elección, que solo podrá ganar si el dinero y la mercadotecnia explotan adecuadamente el hartazgo hacia el PAN y la desconfianza hacia López Obrador.
Pero más allá de la disputa por el poder y de las revanchas políticas, la clase política mexicana en su conjunto tiene que superar el enorme desprestigio que ha acumulado durante los pasados doce años y dialogar de frente con la sociedad, sin demagogia, sin afanes propagandistas.
Lo que la elección del 2012 ofrece es la posibilidad de una renovación de la política nacional, o la afirmación del cinismo, la desesperanza y la impunidad en tonos que nos parecerían imposibles incluso en el México de López Portillo o Miguel de la Madrid.
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