Texto: Ileana Diéguez
La historiografía del arte, en la que ha predominado una mirada
formalista y estetizante que evita las ‘contaminaciones’ de su
objeto, tiende a relegar o infravalorar la dimensión política de
los posicionamientos de los artistas y de sus producciones. A su
vez, desde la historiografía política, las cuestiones artísticas
quedan reducidas a meros ornamentos, ilustraciones de la
palabra, desconociendo su potencial revulsivo, su espesor en
tanto representación y la especificidad de sus lenguajes.
Ana Longoni, “La politicidad de lo íntimo”.
En América Latina la necesidad de mantener vivo el teatro como acto de convivencia,
como espacio de diálogo y encuentro, ha sido decisiva para la búsqueda de nuevos
temas, formas de escritura y de producción escénica. Esta urgencia impulsó el
surgimiento de los teatros independientes, en deuda siempre con aquel momento crucial
en que Leónidas Barletta fundara en Buenos Aires, en 1930, el Teatro del Pueblo. El
nacimiento de los diversos grupos teatrales en Colombia, Argentina, Perú, Uruguay,
Brasil, Chile, Ecuador, Bolivia y otros países, que lograron ganarse espacios propios
reconocidos y apoyados por sus públicos, al margen de cualquier apoyo o compromiso
institucional, han sido y son todavía importantes núcleos de cultura viva, referentes
esenciales para todo estudio en torno a los procesos culturales.
Pero la vitalidad de un movimiento o de una propuesta cultural habría que considerarla
desde su capacidad para transformarse a sí misma. Dos situaciones dan fe de estos
cambios: una es la constitución de un nuevo concepto de colectivos escénicos que ya
no responde al formato de grupo generado en los sesenta y setenta. Y otra situación que
explicita la transformación del teatro latinoamericano podría sintetizarse en la apertura
de los discursos hacia territorios más personales y provisorios, incluyendo otras
subjetividades y mitologías, pero también encontrando medios poéticos y dispositivos
capaces de expresar los nuevos híbridos culturales, dando cuenta de otros referentes
estéticos y teóricos: el lenguaje no verbal, la polifonía, el dialogismo y la
carnavalización bajtiniana, el minimalismo plástico, las experiencias del happening, de
la performance art, las instalaciones, la estética relacional y el situacionismo, entre
otros.
1 Esta ponencia fundamentalmente sintetiza las ideas y experiencias planteadas en el libro Escenarios
liminales. Teatralidades, performances y políticas. Buenos Aires: Atuel, 2007.
El teatro latinoamericano de tradición independiente ha sido ampliamente reconocido
por el desarrollo de una dramaturgia escénica en diálogo y compromiso con su entorno,
al punto de que muchas veces se ha absolutizado su valor temático-político. Esta
situación y su manipulación reductora por parte de ciertos “centros”, como bien han
señalado Beatriz Sarlo y Nelly Richard, ha hecho suponer que el arte latinoamericano
privilegia la dimensión contenidista y reivindica el “contexto” que agita la trama de
nuestra cultura, estereotipando o folklorizando la “diferencia”, mientras los centros
culturales y económicos hacen el trabajo de la universalidad del arte y se encargan de la
forma, de la crítica y de la reflexión teórica2.
Desmarcándome de esta división maniquea y en diálogo con las reflexiones de Sarlo-
Richard, deseo explicitar las transformaciones del discurso artístico de la escena
latinoamericana impulsada por los agitados cambios de la realidad circundante,
apropiándose de las renovaciones discursivas que vienen de la vida, de lo real, de los
imaginarios latinoamericanos, de las expresiones de una corporalidad telúrica y
compleja, de las performatividades y subjetividades utópicas pero esencialmente
subversivas.
La historiografía del arte, en la que ha predominado una mirada
formalista y estetizante que evita las ‘contaminaciones’ de su
objeto, tiende a relegar o infravalorar la dimensión política de
los posicionamientos de los artistas y de sus producciones. A su
vez, desde la historiografía política, las cuestiones artísticas
quedan reducidas a meros ornamentos, ilustraciones de la
palabra, desconociendo su potencial revulsivo, su espesor en
tanto representación y la especificidad de sus lenguajes.
Ana Longoni, “La politicidad de lo íntimo”.
En América Latina la necesidad de mantener vivo el teatro como acto de convivencia,
como espacio de diálogo y encuentro, ha sido decisiva para la búsqueda de nuevos
temas, formas de escritura y de producción escénica. Esta urgencia impulsó el
surgimiento de los teatros independientes, en deuda siempre con aquel momento crucial
en que Leónidas Barletta fundara en Buenos Aires, en 1930, el Teatro del Pueblo. El
nacimiento de los diversos grupos teatrales en Colombia, Argentina, Perú, Uruguay,
Brasil, Chile, Ecuador, Bolivia y otros países, que lograron ganarse espacios propios
reconocidos y apoyados por sus públicos, al margen de cualquier apoyo o compromiso
institucional, han sido y son todavía importantes núcleos de cultura viva, referentes
esenciales para todo estudio en torno a los procesos culturales.
Pero la vitalidad de un movimiento o de una propuesta cultural habría que considerarla
desde su capacidad para transformarse a sí misma. Dos situaciones dan fe de estos
cambios: una es la constitución de un nuevo concepto de colectivos escénicos que ya
no responde al formato de grupo generado en los sesenta y setenta. Y otra situación que
explicita la transformación del teatro latinoamericano podría sintetizarse en la apertura
de los discursos hacia territorios más personales y provisorios, incluyendo otras
subjetividades y mitologías, pero también encontrando medios poéticos y dispositivos
capaces de expresar los nuevos híbridos culturales, dando cuenta de otros referentes
estéticos y teóricos: el lenguaje no verbal, la polifonía, el dialogismo y la
carnavalización bajtiniana, el minimalismo plástico, las experiencias del happening, de
la performance art, las instalaciones, la estética relacional y el situacionismo, entre
otros.
1 Esta ponencia fundamentalmente sintetiza las ideas y experiencias planteadas en el libro Escenarios
liminales. Teatralidades, performances y políticas. Buenos Aires: Atuel, 2007.
El teatro latinoamericano de tradición independiente ha sido ampliamente reconocido
por el desarrollo de una dramaturgia escénica en diálogo y compromiso con su entorno,
al punto de que muchas veces se ha absolutizado su valor temático-político. Esta
situación y su manipulación reductora por parte de ciertos “centros”, como bien han
señalado Beatriz Sarlo y Nelly Richard, ha hecho suponer que el arte latinoamericano
privilegia la dimensión contenidista y reivindica el “contexto” que agita la trama de
nuestra cultura, estereotipando o folklorizando la “diferencia”, mientras los centros
culturales y económicos hacen el trabajo de la universalidad del arte y se encargan de la
forma, de la crítica y de la reflexión teórica2.
Desmarcándome de esta división maniquea y en diálogo con las reflexiones de Sarlo-
Richard, deseo explicitar las transformaciones del discurso artístico de la escena
latinoamericana impulsada por los agitados cambios de la realidad circundante,
apropiándose de las renovaciones discursivas que vienen de la vida, de lo real, de los
imaginarios latinoamericanos, de las expresiones de una corporalidad telúrica y
compleja, de las performatividades y subjetividades utópicas pero esencialmente
subversivas.
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